¿Por qué a mi?

Norberto Vallejo, creador de Depresivos.Blog.

 

Como de costumbre salí del trabajo en la tarde hacia mi casa en Santa Isabel, me cambié de ropa por algo más cómodo para cumplir con mi cita en el gimnasio. Allí llevaba más de un año de rutinas que transformaron poco a poco el cuerpo que con vanidad lucía en el lugar de siempre “Aula Music Bar”, un sitio de encuentro con niñas del mundo del modelaje, periodistas de televisión y radio y uno que otro jugador de “Piratas” el equipo más representativo del baloncesto bogotano.

En medio de la salsa, la música tropical, el trance y el house azotábamos las baldosas hasta más no poder. Muchas veces nos hacían corrillo para dejarnos bailar. Lo hacíamos muy bien.

Hacía cardio en la caminadora y repentinamente o como quien activa un interruptor, el mundo se tornó como turbio. Empecé a sudar, temblaba. Los pensamientos iban y venían: “¿Qué me pasa?” era lo único que exclamaba.

Mi reacción inmediata fue tirar la toalla y salir apurado hacia mi casa, algo andaba mal. Mi estado de ánimo cayó de inmediato. Creía que el mundo se me venía encima “¿Qué me pasa?” volvía a reflexionar una y mil veces. Me tiré a la cama, me daba golpes con la almohada, contra la pared,  tiraba todo lo que me encontraba a mi paso Me sentía en otro mundo porque sentía que nada iba a ser igual.

De ser una persona dicharachera que hacía reír a mis compañeros con mis bromas y mi forma de actuar, pasé a ser un tipo introvertido que no deseaba absolutamente nada. Ni que me hablaran, y mucho menos salir a tomarme una cerveza. No contestaba las llamadas y tampoco prendía la televisión. Evadía todo tipo de encuentro con mis compañeros, quería estar solo y en completa oscuridad. Lloré mucho. No dormía ni me alimentaba, algo superior a mí me impedía concentrarme o realizar cualquier actividad. Estaba perdido.

Así pasaron varios días en los que mi descuido personal me llevó al extremo. No me bañaba ni me cambiaba de ropa. No quería ir a trabajar pero tenía que cumplir con mis obligaciones y tratar de fingir que nada me pasaba.

En mi trabajo se notaba ese cambio y un día cualquiera mi jefe me dijo: “Norbertico ¿qué le pasa?  lo veo desanimado, ya no recocha, ya no nos hace reír ¿qué le pasa?”, en mi cabeza retumbaban esas frases y me preguntaba “¿cómo decirle que estoy enfermo, que creo que tengo depresión? No se lo puedo decir. ¡Qué vergüenza! Eso no es de hombres.

Me auto diagnostiqué investigando sobre depresión y todos los síntomas concordaban con lo que yo sentía. ¿Será que le digo a mi jefe lo que tengo? Ya no aguanto más.

El fantasma de la muerte me perseguía a todo momento. Era la única esperanza que tenía. Morirme era la solución pero ¿cómo morirme? ¿Me tiro de un puente, o de un piso alto? ¿Me le tiro a un carro? Pero… ¿y si quedo vivo? No no no, ¡Sería peor quedar inválido! La mejor salida pegarme un tiro. ¿Cómo hago?

Pasé días pensando en cómo matarme. La única opción era conseguir un arma. Compré una pistola y me explicaron cómo dispararla, así que llegué como de costumbre a mi casa. Creo que eran como las 5 de la tarde. Alisté las cosas para matarme en el pequeño aparta estudio en donde vivía.

Tomé una silla y le puse varios libros para poner una video grabadora Sony Handycam de las viejitas, era un orgullo tenerla, me costó mucho tiempo pagarla.

Quería filmar mi testimonio. Contar por qué lo iba hacer, para que las autoridades no gastaran tiempo en investigaciones. La justificación era que me quería morir porque estaba cansado y era mí derecho. Para mi había llegado el momento. Dije:

“No lo tomen como un acto de cobardía, es mi voluntad. Si a alguien le hice daño por favor discúlpeme”.  En ningún momento quería decir que estaba deprimido.

Contexto personal: Hacía poco había enterrado a mi madre, el ser humano que más había amado y quien me enseñó a que uno en la vida tiene que ayudar a los demás, de lo contrario la vida no tendría sentido. También había muerto mi sobrino de 16 años a causa de un agresivo cáncer en el estómago. Por si fuera poco estaba velando por la salud de mi padre quien padecía de un cáncer de pulmón.

Cuando ya tenía lista la silla con la video grabadora enfocada hacia mi cara, inicié a grabar mi despedida mostrando la pistola, pero advirtiendo que no iba a mostrar el momento del disparo. Cuando terminé revisé la cinta y en la pantalla sólo se veía del mentón hacia arriba. Decidí volver a grabar. Quité algunos libros para que la cámara quedara en buena posición. Al volver a revisar sólo se veía mi pecho.

Me dio risa. Mucha risa. Una risa nerviosa o quizás autentica, creo que fue el único momento de lucidez en semanas, Tiré todo a la mierda destruí la cinta y guardé la pistola debajo del colchón.

Mi descuido personal fue permanente. Llevaba días sin dormir, ni comer y sin aseo personal. Tomé una ducha por primera vez en muchos días.

Decidí contarle a mi jefe lo que me pasaba. Ya no aguantaba esta tortura.

Cuando llegué al trabajo le dije a mi jefe que tenía que contarle algo personal. Con voz temblorosa y sudor frío le dije que tenía depresión severa. Ella de inmediato se puso a llorar, me abrazó y me dijo: “Norbertico yo sé lo que es eso. Acabo de terminar un tratamiento por lo mismo”.

Esas palabras fueron mi salvación.

Por fin había alguien a quien no solo podía contarle lo que me pasaba. Sabía también que me iba a entender.

¡Qué alivio!

“Cuando no tenga ganas de venir al trabajo no venga, pero me avisa”.  ¿Por qué no le dije esto antes? Venir a trabajar era un suplicio. Es inexplicable para quien no lo ha vivido, pero mi cuerpo me obligaba a pegarme a las paredes. Era casi incapaz de moverme. Sólo sentía algo de sosiego si estaba solo y a oscuras en mi casa.

Pocos días después llegó un sobre a mi puesto de trabajo. Era un boletín de prensa en donde daban a conocer el alto índice de personas con depresión en Colombia. La cifra era alarmante y el boletín estaba firmado por el entonces presidente de la Asociación Colombiana de Psiquiatría Dr. Roberto Chaskel. Le presenté el documento a mi jefe y me dijo: “Comparta esa información con el director de la emisora. Esto nos sirve a muchos colombianos”

Así se hizo. Julio Sánchez Cristo que dirigía el programa de radio en el que trabajaba en aquel momento me autorizó la llamada al doctor Chaskel y antes de ponerlo al aire, le dije que no colgara, que tenía que hablar con él después de la entrevista.

Cuando terminé la interesante charla en Vive FM le pedí al médico directamente una consulta diciéndole:

-“Doctor todo lo que dijo al aire lo tengo yo”

-“¿Y está afiliado a alguna EPS?”

-“Si doctor, pero me dieron la cita para dentro de dos meses”

-“No, ¿cómo así? Eso es gravísimo, atender al paciente rápidamente es clave en estos casos. Ya lo llama una colega. Tranquilo, usted no está solo.

Dicho y hecho. Tan pronto cuelgo me llama una doctora en nombre del doctor Chaskel y me dio cita para el día siguiente.

Era un viernes de marzo de 2004. Como un zombie acudo a la cita. Mi preocupación al mismo tiempo era vergüenza. ¿Qué van a pensar si me ven entrando a un centro siquiátrico?

Un viernes normal a esa hora debería estar con mis amigos en un bar cualquiera riéndome y burlándome de los demás.

Me anuncio. Ingreso. Subo por unas escaleras y me encuentro con casi 40 personas. Llamó mi atención que más o menos 15 eran niños, 10 adolescentes y el resto adultos. ¡Qué alivio! Como me dijo el doctor Roberto Chaskel, yo no estaba solo.

De un momento a otro escucho una voz femenina que dice:

-“¿José Norberto Vallejo?

– “Soy yo” y ella me contesta

– “Ah, es usted es el consentido de mi profesor Chasquel”

Yo en medio de esa nube espesa en mi cerebro le contesto no muy amablemente

-“Si doctora, y que injusticia que muchos como yo no tengan ese privilegio de acudir a un psiquiatra si no tiene conocidos”. Silencio.

-“Siga a mi consultorio”

Entro callado y con la satisfacción de haberme quejado, pero al mismo tiempo con pena por el momento tenso que había generado con mi respuesta.

-“Siéntese y cuénteme que es lo que le pasa”

Continúo con mi irreverencia y comienzo a llorar y en medio del llanto le digo:

-“Doctora yo no creo en la psiquiatría, pero favor ayúdeme” Arrancó una larga  conversación. Debo decir que me sentí aliviado. Descansado, como si me hubiera quitado un piano de la espalda.

La doctora me diagnosticó con depresión severa.

Eso ocurrió en 2004, han pasado muchos años. Continúo con mis citas cada 3 meses. He tenido pocas recaídas, pero no niego que es difivil recordar y compartir con ustedes esta historia.

Con el tiempo, con paciencia, con la ayuda de los profesionales y con determinación, volví a recuperar al Norberto payaso, dicharachero y divertido.

No estamos solos

No somos los únicos con depresión ni tampoco estamos solos. Necesitamos hablar, comunicarnos, compartir experiencias y sobre todo seguir adelante

Atrás quedó ese mundo de tinieblas, ya salí de ese pozo sin fondo y oscuro. Me divierto, sonrío, ya no soy un fantasma, mi casa ya tiene ventanas y puertas abiertas. Continúo pensando en que hay mucha gente que necesita de nuestra ayuda, creo que soy importante para muchos. Que me quieren, que les hago falta, que la vida es eso: vida y que como tal la concebimos. Todos tenemos altibajos pero siempre debemos mirar con la cabeza en alto. La depresión es como el cáncer y se puede curar si se detecta a tiempo. Pero así como pasa con el cáncer, puede volver a detonar en cualquier momento.

Por eso no debemos descuidarnos nunca, ser felices y compartirlo, pero ser conscientes que en cualquier momento puede regresar.

Hoy les presento este proyecto, depresivos.blog como una herramienta para no dejarnos robar el alma. No es una panacea para la solución de nuestros problemas, pero sí es un medio para hablar y compartir. Para conocernos, para compartir nuestras experiencias, porque NO ESTAMOS SOLOS.

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